Repartidas por todos los océanos del mundo, hay catalogadas unas 1000 especies distintas de cefalópodos, que habitan desde las aguas someras a profundidades abisales.
En el Mar Mediterráneo han sido descritas 61 especies distintas de cefalópodos.
Normalmente conocemos a los cefalópodos como pulpos, sepias y calamares.
Los que podemos observar a profundidad de buceo son los siguientes: el calamar (Loligo vulgaris), la sepia (Sepia officinalis) y el pulpo o pop roquer (Octopus vulgaris), y el pulpón (Callistoctopus macropus).
Más allá de las diferencias propias entre las especies, los cefalópodos cuentan junto a su cabeza con un órgano denominado pie, dicho pie se divide en una cantidad variable de tentáculos.
Tienen un crecimiento rápido, una tasa de reproducción elevada y la gran mayoría viven solo un año y mueren después de la reproducción (especies semélparas).
Como arma defensiva ante sus predadores, arrojan chorros de tinta que al contacto con el agua forman “nubes” inofensivas, pero que muchas veces le proporcionan frente a sus predadores unos breves segundos de confusión, suficientes para poner su flexible cuerpo en un buen refugio.
Para cazar, los cefalópodos disponen de unos ojos muy desarrollados, que les proporcionan una muy buena visión nocturna, ya que es de noche cuando se mantienen más activos, ocultándose durante el día en cualquier formación rocosa que les proporcione seguridad.
Las inmersiones nocturnas, las de días nublados y la proximidad de bucear cerca del orto o el ocaso, son los mejores momentos para avistarles en movimiento.
Todos los cefalópodos tienen el llamado "pico de loro", un pico muy parecido al de un loro que tiene una musculatura asociada muy potente que los sirve para romper, por ejemplo, los caparazones de los moluscos de los cuales se alimentan.
El nombre “macroporus” quiere decir pies grandes, que es sin duda alguna el rasgo que más fácilmente, los distingue de otros pulpos.
Son capaces de cambiar de color en instantes para obtener un mejor camuflaje, pero también muestra su estado de ánimo.
Una manera de detectar la presencia de los pulpos, son las construcciones que con conchas y piedrecitas disponen en la entrada de sus refugios, para hacerlos más seguros.
Las hembras del pulpo colocan sus huevos en el techo de su refugio, y lo cuidan la puesta con tanto esmero, protegiéndola y oxigenando os racimos de huevos, que cuando eclosionan los huevos, estas están tan desnutridas que acaban muriendo.
Texto y fotografías: Joan Miquel Flamarich.
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